
La trayectoria de Manolo Bañó ha sido reconocida en la primera edición de las Distinciones al Diseño Social de la Fundació del Disseny de la Comunitat Valenciana. «Construyamos un mundo más justo, un mundo donde el diseño sea verdaderamente un catalizador de progreso humano. Un mundo donde crear sea una herramienta para transformar vidas y construir un futuro esperanzador para todos; donde el diseño responda a las verdaderas necesidades de la sociedad. Porque, en definitiva, el diseño o es social o no es diseño», subrayó.
Bañó, socio de la ADCV, impartió la conferencia de clausura de la gala de entrega de las distinciones, que también reconocieron la labor de Hilary Cottam y los proyectos de los jóvenes talentos María José Bustos Garnica y Juan Manuel Pedro Aránega, «que nos demuestran que desde las escuelas valencianas de diseño y de arquitectura el futuro del diseño social está en buenas manos», destacó la organización de los galardones.
«La creatividad, o la capacidad de diseñar, ha sido una actividad fundamental para la evolución del ser humano y por eso hoy se extiende por todas las capas de la sociedad. Una visión superficial del diseño nos llevaría a pensar que diseñar es hacer cosas funcionales y bonitas, sin embargo, el ámbito del diseño es mucho más profundo y tiene mas que ver con los anhelos de las personas que con los objetos que estas puedan poseer. Porque, como se puede ver, desde el principio de la humanidad la creatividad y el diseño han servido para ir mejorando la vida de las personas y las comunidades y los objetos han sido meras herramientas para conseguirlo», destacó Bañó.
"El diseño no es un fin, sino un medio para construir soluciones reales que transformen vidas. El buen diseño conduce al progreso y el progreso es un éxito de la sociedad"

(Reproducimos, a continuación, su ponencia completa, en la que recorre sus 25 años trabajando por y junto a comunidades de todo el mundo, acompañado por jóvenes estudiantes de diferentes disciplinas del diseño).
«Este largo viaje profesional por caminos muy poco concurridos por el diseño tiene sus antecedentes hace 40 años, cuando muchas de las diseñadoras y diseñadores que hoy me acompañan soñábamos con cambiar el mundo mediante nuestro trabajo. Nunca pensé, en aquellos momentos, que aquel proyecto de escuela de diseño que entonces me encargó crear el CEU, tuviera un recorrido tan largo y tan exitoso, y que llenara de sentido mi vida como lo ha hecho. No saben ustedes la ilusión que me hace ver hoy aquí a ex alumnas y ex alumnos de las 34 promociones que han salido hasta hoy de mi escuela.
Años más tarde, hace ya 25 años, comenzamos a trabajar en comercio justo con la ONG Intermón Oxfam capacitando grupos de artesanos con pocos recursos, y después de lo que vivimos, entendimos que lo mejor que podíamos hacer era compartir con nuestros alumnos esta experiencia, a través de un proyecto de diseño social y colaborativo que entonces llamamos ‘Diseño para el mundo real’.
Este proyecto, que mas tarde bautizamos como Free Design Bank, y cuyo valor se reconoce hoy en este acto, consiste -por un lado- en promover la creación de grupos de trabajo o talleres, principalmente de mujeres sin recursos, en lugares de extrema pobreza, a las que formamos en técnicas artesanales relacionadas con los materiales autóctonos que tengan disponibles.
De manera que, si en el entorno selvático del grupo hay semillas y fibras vegetales, les ofrecemos formación en estos materiales. Si en el entorno cultivan lufa, investigamos la lufa y sus propiedades y les ayudamos a crear diseños en este material. Si viven cerca de un basurero, les formamos en reciclaje de plástico y otros materiales para después acompañarlos en la creación de productos comerciales. Si viven en una isla perdida y abandonada, les ayudamos a convertir en productos comerciales aquello que, como llovido del cielo, les entrega el mar después de cada temporal. Que cerca tienen una zona chatarrera, les formamos en la manipulación del metal. Que son niños con problemas de aprendizaje, les diseñamos juguetes apropiados a sus capacidades. Que viven cerca de una cantera de piedra, o que saben hacer jabón pero no se lo compran, que saben tallar madera pero todos los grupos fabrican los mismos modelos, o que en su cultura manejan tejidos atractivos…
En definitiva, que con aquellos materiales de los que disponen, después de convivir con ellos y entender sus problemas y sus recursos, intentamos consolidar el grupo, ayudándoles a fabricar y comercializar sus propios productos y a defender su nuevo puesto de trabajo.
Y, por otro lado, están los otros participantes del proyecto: los estudiantes de diseño. A este otro grupo de beneficiarios del proyecto, que normalmente viven en una burbuja pensando que la vida es así de fácil para todo el mundo -como nosotros- les acompañamos al terreno o les llevamos información de primera mano a clase, con la que pretendemos que se alejen de sus prejuicios y empaticen con aquellas comunidades con quienes van a colaborar en el desarrollo de diseños y soluciones. Estos diseños son los que el grupo de mujeres podrá finalmente fabricar y vender y, con ello, ganar dinero, autoestima y esperanza en el futuro. Y todo esto solo es posible mediante el trabajo en equipo y con el apoyo de las universidades y centros educativos y ONGs colaboradoras, que mencionaré mas adelante.
Ambos grupos de beneficiarios -productores y alumnado- se enriquecen mutuamente con su colaboración, demostrando que el diseño bien entendido y bien manejado crea empatía, conocimiento, hermandad, prosperidad, riqueza y esperanza. Y demuestra, también, -por si a algún político le interesa- que la gente que tiene un puesto de trabajo digno no quiere irse de su tierra.
Me gustaría compartir con ustedes una situación que viví al comienzo de mi carrera como diseñador de proyectos para el desarrollo de comunidades desfavorecidas y sin recursos, y que cambió mi manera de pensar típica de hombre blanco, con estudios y con recursos.
Me encontraba trabajando en una aldea del sur de Kenia llamada Kisii cuya población vive mayoritariamente de la artesanía realizada con una piedra llamada soapstone, parecida al alabastro. Esta piedra se extrae del fondo de una cantera a cielo abierto sin mas herramientas que un mazo y un puntal, y se sube hasta el borde de la cantera a hombros de la gente del pueblo. Una vez arriba, mas paisanos la cortarán, la tallarán y la pintarán, hasta haberla convertido en diferentes figuras decorativas que se venden -cada vez menos- en todo el mundo. Me llamaba la atención la enorme cantidad de gente del lugar que intervenía en el proceso. Viendo que todo aquel proceso se podría optimizar, en un momento dado, mientras hablaba con el encargado de la cooperativa, se me ocurrió proponerle lo que para mi era una brillante idea: con poco dinero compraríamos un motor que mediante un cable subiera la piedra al exterior de la cantera y además utilizaríamos ese mismo motor para cortar la piedra en piezas mas pequeñas. Eso les ahorraría mucho tiempo y mucha mano de obra. El hombre me miró sorprendido y yo pensé -orgulloso- que había dado con la clave. El encargado se tomó unos segundos de reflexión y, finalmente, me respondió: Aquí no hay mas industria que la cantera. Si hacemos eso que propones, mucha gente se quedará sin trabajo y, entonces, ¿de qué vivirán?
En aquel momento me di cuenta de que la maquinaria de un reloj no funciona en otro reloj, me equivoqué, pensando que las soluciones de aquí funcionan allí. ¡Cómo si nosotros tuviéramos resueltos nuestros problemas y ellos no! Me di cuenta de que no se puede diseñar para los demás si no formas parte de ellos y de sus circunstancias, y que dar soluciones y formulas desde nuestra posición privilegiada, desde nuestra cultura y nuestras costumbres nunca va a resolver los problemas de otros con menos recursos, con otras culturas y otras costumbres. En definitiva, aprendí que el diseño no solo debe ser siempre social, sino que, además, debe ser siempre colaborativo. Como diría Carl Jung: no se puede conocer la oscuridad a la luz de una linterna.


Ya que hoy vamos a hablar de diseño, comencemos por definirlo. Para mi diseñar significa, ante todo, transformar. Es un acto intelectual y creativo que responde a la voluntad de cambiar una situación existente por una mejor. El diseño, por lo tanto, no es un fin, sino un medio para construir soluciones reales que transformen vidas. El diseño es el medio, no es el fin.
En estos momentos de incertidumbre social y decepción, donde la avaricia económica determina la vida y la muerte de millones de personas inocentes, me gustaría compartir con ustedes una reflexión fundamental sobre el diseño y su propósito en nuestras vidas.
La creatividad, o la capacidad de diseñar, ha sido una actividad fundamental para la evolución del ser humano, y por eso hoy se extiende por todas las capas de la sociedad. Una visión superficial del diseño nos llevaría a pensar que diseñar es hacer cosas funcionales y bonitas. Sin embargo, el ámbito del diseño es mucho más profundo y tiene mas que ver con los anhelos de las personas que con los objetos que estas puedan poseer. Porque, como se puede ver, desde el principio de la humanidad, la creatividad y el diseño han servido para ir mejorando la vida de las personas y las comunidades y los objetos han sido meras herramientas para conseguirlo.
Situémonos en el principio de los tiempos cuando unos hombres primitivos tallaban piedras de sílex para fabricar hachas con ellas. El hacha, como diseño, no solo era una buena herramienta de corte, sino que al mismo tiempo era una herramienta que proporcionaba salud, poder, prestigio, seguridad en uno mismo y confianza en el futuro. Y, todo esto junto, se llama bienestar y felicidad. Por tanto, desde el principio de los tiempos, estas prestaciones, bienestar, felicidad… han sido, también, indiscutiblemente, atributos del diseño.
Hasta la fecha, y desde hace decenas de miles de años, los diseñadores y diseñadoras (permítanme que les llame así) hemos trabajado siguiendo esa antigua secuencia mediante la cual el diseño de un objeto funcional conlleva, en el mejor de los casos, beneficios sociales.
Bueno, pues, después de miles de años, hemos creado un mundo sobresaturado de objetos, y ya es hora de que nos demos cuenta que debemos invertir la secuencia. Ahora, los diseñadores hemos de poner el foco en los beneficios sociales y en las necesidades de la comunidad y en todo caso, los objetos que se necesiten para ello solo tendrán sentido si son herramientas que provean bienestar, felicidad y confianza en el futuro.
Y voy a posicionarme: hay una gran diferencia entre el diseño que sirve a la humanidad y el que solo sirve a los que tenemos recursos. Mientras que el primero busca resolver problemas reales, promover la equidad y fortalecer la cohesión social, el segundo solo alimenta el ciclo de consumo y se empeña en producir objetos que muchas veces responden más a estrategias de mercado que a las necesidades genuinas de las personas. En definitiva, ya no podemos diseñar pasteles cuando lo que hace falta es pan.
El diseño orientado exclusivamente al consumo perpetúa la desigualdad por que alimenta un modelo económico que mide el bienestar únicamente en términos de crecimiento material. Este paradigma confunde «tener más» con «vivir mejor», dejando de lado valores esenciales como la sostenibilidad, la inclusión y la justicia social.
Quizás sea hora de repensar qué significa verdaderamente el progreso. ¿De qué sirve una economía que crece mientras una parte importante de la población carece de lo básico? ¿Qué valor tiene el diseño si no puede cerrar brechas y generar bienestar real? ¿De qué sirve el diseño si no tiene como propósito transformar vidas, mejorar contextos y generar impacto positivo en las comunidades?
Desde mi punto de vista, a lo que no produzca cambios sociales, no mejore el bienestar colectivo o no impulse el desarrollo humano no lo llamemos diseño. A aquellos proyectos que prioricen lo superfluo, lo desechable, el ego, o los que simplemente alienten al consumo desenfrenado, no los llamemos diseño. Porque el buen diseño es el que tiene un propósito social; si no, corre el riesgo de ser irrelevante.
Lo que le da sentido al diseño no es solo la belleza o la innovación técnica, sino su capacidad para producir beneficios tangibles y mejoras sostenibles en la vida de las personas. Cuando todos tengamos claro este principio no necesitaremos etiquetas que resalten el valor social del diseño, porque estas etiquetas, a su vez, lo discriminan frente a diseños que no consideran los valores sociales como prioritarios. Ni se imaginan cuantas veces me han preguntado ¿y tú ya no diseñas? Aun sabiendo que desde hace 25 años me dedico a utilizar el diseño como herramienta para la mejora de las condiciones de vida de comunidades sin recursos. Eso también, y ahora mas que nunca, debería ser el centro del territorio del diseño.
Aquí quiero agradecer y felicitar a la Fundació del Disseny de la Comunitat Valenciana porque su primera iniciativa de difusión de los valores del diseño haya sido precisamente la de destacar el valor social de nuestra profesión. Porque creo que coincidirán conmigo en afirmar que el diseño, en su esencia más pura, o es social o no es diseño.
Esta afirmación no solo es un principio, sino que debería ser un desafío para toda la comunidad de diseñadores, de profesores de diseño y, sobre todo, de estudiantes de diseño que son los futuros diseñadores y diseñadoras.
Y el diseño no solo debe ser social en su esencia, también debe ser colaborativo, y esto significa implicar a la comunidad en el desarrollo de las soluciones a sus problemas. Este tipo de diseño que pone en el centro a las personas y trabaja de la mano con ellas, garantiza que las soluciones no solo sean funcionales, sino también significativas para los grupos humanos. Cuando un proyecto de diseño logra empoderar a una comunidad, fortalecer su cohesión o abrirle nuevas oportunidades, estamos ante un diseño que tiene sentido, un diseño que va a tener transcendencia social.
Hago extensiva esta distinción a otras muchas iniciativas valencianas o con raices en esta tierra, dedicadas a la mejora de la vida de los mas necesitados por medio del diseño, que con su trabajo riguroso, esforzado y eficiente cohesionan y capacitan a grupos de personas, ofrecen educación a las niñas y niños, desarrollan infraestructuras como talleres o escuelas y crean herramientas educativas inclusivas con las que producen impacto social con mejoras reales en la calidad de vida de las personas. ¡¡Este es el gran potencial de diseño!! Este tipo de proyectos son un ejemplo de cómo se pueden transformar vidas mediante el diseño y otras disciplinas, propiciando algo tan importante para las personas olvidadas como el amor propio y la esperanza en el futuro.
Por ello, debemos tener siempre presente que el diseño no es neutral. Ser diseñador o diseñadora nos define, lleva consigo valores, intenciones y consecuencias. Como diseñadores, como creadores o, incluso, como consumidores, tenemos la responsabilidad de preguntarnos constantemente: ¿Este diseño está ayudando a construir un mundo más justo y sostenible? ¿O solo alimenta un modelo de consumo que perpetúa desigualdades y agota los recursos?
Hoy, más que nunca, el diseño tiene el potencial de ser una herramienta poderosa para enfrentar los grandes retos de nuestro tiempo: la pobreza, el cambio climático, la desigualdad, la injusticia y la exclusión social… Y, para lograrlo, debe abrazar su dimensión social y colaborativa, y convertirse en un puente entre la creatividad y la justicia, entre la innovación y el bienestar colectivo.
El diseño que transforma es el diseño que escucha, el que trabaja con las personas, el que busca soluciones inclusivas y sostenibles. Es el diseño que nace de la voluntad de cambiar una realidad para bien. Y, sin esa voluntad de transformación, sin ese compromiso con la mejora social, simplemente no deberíamos llamarlo diseño.
El buen diseño conduce al progreso y el progreso es un éxito de la sociedad.
Construyamos un mundo más justo, un mundo donde el diseño sea verdaderamente un catalizador de progreso humano, un mundo donde crear sea una herramienta para transformar vidas y construir un futuro esperanzador para todos, donde el diseño responda a las verdaderas necesidades de la sociedad. Porque, en definitiva, el diseño o es social o no es diseño.
Muchas gracias».
Manuel Bañó Hernández. 6 de marzo de 2025